Este lugar es de lo más raro. Está en el subsuelo de una galería. Algunas de las paredes están tapizadas con un papel negro pesado con estampas de corazones rodeados de espinas (veo que es el logo del local, epa).
Hay cuadros con famosos que. Uno es Kid Rock, otra es Pamela Anderson y otro es Dave Navarro, pero al cuarto no lo tengo. O sea, creo que sé quién es pero lo tengo que googlear y acá no hay wi-fi.
Hay una vitrina con unos cuantos pomos de tintas de colores, en el rincón de un estar con sillones de símil cuero negros que se apoyan contra las vidrieras. Muy cómodos.
Los zumbidos de las agujas me dan miedo, y me convenzo de que jamás me metería en algo así. Ni en pedo. Además, seguro a los dos días me arrepiento.
Los que trabajan acá son grosos. Uno es bien moreno, peludo, con aritos. El otro es pelado y pálido, flaco, de los que usan cinturones con tachas. Seguro tiene cuarenta pero parece de veinticinco. Los pondría en un reality. Ah, ya hay. Dos realitys sobre esto.
Él –la razón de que yo esté acá sentada- está en cuero, blanquísimo, y se hace el que no le duele pero a nadie puede no dolerle. O sea, es una aguja y te la están clavando en la espalda un millón de veces. Tenés que estar loco para hacerte algo así. Está de espaldas pero lo miro por un espejo.
Entran tres chetitas. Una tiene un ángel tatuado en la espalda y quiere agrandarle las alas. Las otras dos creen que debería agregarse unos firuletes para enmarcarlo, pero ella quiere remarcarlo “…porque está re lavado ¿viste? Onda, hace tipo cinco años que lo tengo y nada, ya se lavó y onda que lo quiero remarcar todo”. “Sí, re da que lo remarques, es verdá, re da”, dicen las amigas, que tienen unos vestiditos floreados que apenas les tapan el culito. El profesional dice que sólo le agregará color, que es lo que le hace falta al dibujo, y le da un turno. Las chetitas se van excitadas porque se sienten unas rockstars.
Es curioso el proceso mediante el cual uno elige un diseño para llevar en la piel. ¿Los tatuajes expresan tu verdadero yo? ¿O más bien son una proyección? ¿El tatuaje soy yo o es quien yo quiero ser para los demás? ¿Es mi personalidad? ¿Por qué necesito mostrarla con un dibujo en el cuerpo?
De un arco en la pared cuelga un plasma que reproduce el unplugged de Kiss y los tatuadores siguen el ritmo con la patita.
Entra uno con una remera de Ramones y cara de bueno. “De día, bancario. De tarde, rebelde punk”, pienso. Pero seguro que no es bancario. Lo siguen dos pendejitas de catorce, que se van a hacer piercings en el ombligo, cagadas en las patas y largando cada diez segundos una ola de risitas nerviosas. Te va a doler, lo sabés. Pero qué lindos quedan, ¿no?
Él sigue ahí. No le vendrían mal un par de días de playa para sacarse ese tono geek, verde lcd. Se le ve el calzón por el borde del pantalón y yo sé que es un slip.
Uh, el matafuegos del local es plateado. Está buenísimo. Y del techo se desprende una araña negra con cristales de distintos tamaños que me vuelve loca. De todos modos, el lugar esta iluminadísimo por dicroicas y un par de reflectores.
Sure knows something es un gran tema, y Paul Stanley me resulta extrañamente atractivo. Se parece a Julia Zenko. El ramonero presunto bancario no mira: manda mensajes de texto.
Él (¿Mi chico? ¿Chongo? ¿Amigo con roce? ¿Eh?) no se inmuta. Le secan la tinta y la sangre de la espalda con un pañito y me dan ganas de que termine así me lo llevo a la cama.
Entra una veinetañera de look conservador con su madre, una cuarentona con zapatillas deportivas y jeans pescadores. Habla la cuarentona y pide piercings para ambas. Elige los abridores sin preguntarle a la hija cuáles prefiere.
Qué buena espalda que tiene, qué me importa que esté re blanco. Me quiero tirar encima. ¿Cuánto falta? El slip lo odio.
Esta mina tiene cuarenta años, que se ubique en el rol de madre. Una cosa es que apoyes a la nena que se quiere hacer algo “diferente”; pero otra muy lamentable es querer demostrarle a todos (¿A quiénes, a nosotros?) que tenés una “onda re joven” y sos “re copada”.
Entran dos norteamericanas, también en busca de emociones fuertes, y miran el catálogo. El recepcionista –el moreno- se levanta de la silla y le veo el cinturón. Tachas y una bandera de estados unidos gigante plateada a modo de hebilla.
La señora insiste en que quiere entrar al gabinete a ver cómo perforan a su hija. Qué boluda es. Al rato sale la nena, radiante. Sonríe y le veo los brackets. Aprovecha que es el turno de la madre para coquetear con un petisito que también mira el catálogo. (Eligió un brazalete. No quiere que lo modifiquen. Eligió un diseño que está en un catálogo que miran un montón de personas por día. ¿Por qué haría eso? Bueno, qué se yo, nosotros nos compramos todos el mismo jean).
Sale la vieja. Le hace chistes a los pibes, los quiere seducir, ahí les dice que…
Uh, ya terminó. Me voy a coger, chau.
Ahora, yo pregunto:
Publicado por
Elen
en
4:32 AM
2/12/2010
Ustedes, chicas...
¿Por qué fingen los orgasmos?
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off the record
¿Por qué fingen los orgasmos?
5 Motivos de cancelación de cita que ninguna de nosotras quiere admitir
Publicado por
Elen
en
5:42 AM
2/10/2010
1- Estamos indispuestas y no sabemos si corresponde avisarte.
2- Nos intoxicamos con una ensalada de frutas de un kiosco de calle Lavalle y el baño es nuestro mejor amigo hace 36 horas.
3- Tenemos pelos en las piernas y todavía no hay suficiente confianza como para que nos veas así, pero tampoco están largos como para sacar con cera.
4- Nos salió un grano gigante en la cara, lo quisimos reventar y se puso todo rojo. Ahora nos duele y larga juguito.
5- En realidad nos gusta más otro.
Etiquetas:
off the record
2- Nos intoxicamos con una ensalada de frutas de un kiosco de calle Lavalle y el baño es nuestro mejor amigo hace 36 horas.
3- Tenemos pelos en las piernas y todavía no hay suficiente confianza como para que nos veas así, pero tampoco están largos como para sacar con cera.
4- Nos salió un grano gigante en la cara, lo quisimos reventar y se puso todo rojo. Ahora nos duele y larga juguito.
5- En realidad nos gusta más otro.
Cambio de hábito 2
Publicado por
Elen
en
7:37 AM
2/08/2010
Dicen que el hombre es un animal de costumbres. No se quiénes lo dicen, pero lo dicen.
Mi viejo hace quince años que almuerza una pechuguita de pollo con ensalada de lechuga; mi
vieja si no va el sábado a la mañana al supermercado sufre de convulsiones y Mejor Amiga cocina con aceite de uva porque es el que usa su mamá desde siempre.
Yo, de tanto tomar el café con edulcorante aprendí a aceptar el sabor metálico como correcto, del mismo modo que, a fuerza de subrayar con marcador fluorescente a un estudiante "le quedan" los conceptos más importantes de un texto.
Una vez que tenés un hábito incorporado o hacés algo por reflejo es prácticamente imposible cambiarlo, o bien percibir que otra gente tiene otros modos de actuar.
Hace unas semanas salí a cenar con un muchacho. Impecable él, hasta zapatos se había puesto, posta. Me pasó a buscar por casa, cosa que me llamó la atención porque el lugar al que íbamos a ir quedaba más cerca de su departamento y hubiera sido más práctico que pasara yo, como me toca hacer con la mayoría de los tipos.
La noche estaba linda, así que preferimos caminar en vez de tomar taxi. Charlamos mucho y de temas muy interesantes, pero no me voy a detener mucho en este punto porque lo que quiero contar es otra cosa.
Llegamos al restaurant, que era uno de esos bien Palermo, con iluminación tenue, ambiente íntimo pero decoración net y piso de cemento pulido.
Nos dieron la mejor mesa y yo me sentí una crota con el pelo sin brushing. Y acá vamos con la anécdota:
Él se acercó a una silla y yo, por ende, me acerqué a la otra para sentarme.
Él me miró un poco desconcertado y caminó hasta donde yo estaba.
"Se querrá sentar de este lado", pensé yo, y me dirigí, entonces, hacia la silla de enfrente.
Él volvió a mirarme desconcertado y yo le dije "¿Querés de allá, entonces?". En este punto yo ya estaba confundida. ¿No era lo mismo cualquier silla?.
Y ahí entendí que hay cosas a las que simplemente no estoy acostumbrada.
"Ah... me querés correr la silla para que me siente yo, ¿no?"
"Claro..."
Etiquetas:
reflexiones y confesiones
Mi viejo hace quince años que almuerza una pechuguita de pollo con ensalada de lechuga; mi
vieja si no va el sábado a la mañana al supermercado sufre de convulsiones y Mejor Amiga cocina con aceite de uva porque es el que usa su mamá desde siempre.
Yo, de tanto tomar el café con edulcorante aprendí a aceptar el sabor metálico como correcto, del mismo modo que, a fuerza de subrayar con marcador fluorescente a un estudiante "le quedan" los conceptos más importantes de un texto.
Una vez que tenés un hábito incorporado o hacés algo por reflejo es prácticamente imposible cambiarlo, o bien percibir que otra gente tiene otros modos de actuar.
Hace unas semanas salí a cenar con un muchacho. Impecable él, hasta zapatos se había puesto, posta. Me pasó a buscar por casa, cosa que me llamó la atención porque el lugar al que íbamos a ir quedaba más cerca de su departamento y hubiera sido más práctico que pasara yo, como me toca hacer con la mayoría de los tipos.
La noche estaba linda, así que preferimos caminar en vez de tomar taxi. Charlamos mucho y de temas muy interesantes, pero no me voy a detener mucho en este punto porque lo que quiero contar es otra cosa.
Llegamos al restaurant, que era uno de esos bien Palermo, con iluminación tenue, ambiente íntimo pero decoración net y piso de cemento pulido.
Nos dieron la mejor mesa y yo me sentí una crota con el pelo sin brushing. Y acá vamos con la anécdota:
Él se acercó a una silla y yo, por ende, me acerqué a la otra para sentarme.
Él me miró un poco desconcertado y caminó hasta donde yo estaba.
"Se querrá sentar de este lado", pensé yo, y me dirigí, entonces, hacia la silla de enfrente.
Él volvió a mirarme desconcertado y yo le dije "¿Querés de allá, entonces?". En este punto yo ya estaba confundida. ¿No era lo mismo cualquier silla?.
Y ahí entendí que hay cosas a las que simplemente no estoy acostumbrada.
"Ah... me querés correr la silla para que me siente yo, ¿no?"
"Claro..."
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