Este saquito me lo puse una vez para salir con alguien que me dijo que me quedaba feo, que me hacía gorda y sin forma y que no lo usara más. Y no lo usé más, la verdad. Hace seis años que está en el fondo, hecho un bollo. El marrón no es mi color, de todos modos.
Este vestidito floreado lo compré por si ese verano me iba a la playa con una amiga y me quedé sin laburo. Cada enero que pasó desde entonces lo guardé por la misma razón, pero los volados ya no se usan y mi amiga se casó, tuvo hijos y se mudó lejos.
Este sweater tan suave me lo regaló mi mamá un día que yo estaba muy muy triste. Todas las veces que me lo puse me sentí mejor. Ahora ya estoy bien y el sweater debe seguir su camino, como hizo Mary Poppins, que fue a ayudar a más niños que la necesitaban.
Esta chomba no es mía. Es de un ex. Es una imitación de outlet y me acuerdo que fue hasta donde me daba la guita en ese entonces y le había querido regalar algo útil. Él dijo que era horrible y yo la guardé por las dudas, por si cambiaba de idea. Ahí está, al lado del saquito y de un piyama verde que usé una semana seguida en 2006, durante una bronquitis feroz que me agarró desprevenida en algún colectivo.
Limpiar el placard no es simplemente sacar lo viejo y hacer lugar para lo nuevo. Nos enfrenta a nuestro pasado, nos trae historias de todas las mujeres que fuimos. A mí me hizo acordar a Quilmes, a mi obesidad adolescente, a todas mis inseguridades, personas que ya no están en mi vida y amores que no fueron.
Hay más cosas. Jeans que me quedan grandes, remeras que se acortaron con los lavados, buzos y joggings que no ven la calle hace casi una década y algunos abrigos cansados. Mientras acomodaba, hice algunos llamados y todas estas cosas irán a parar a gente que las necesita.
A la casa de Maxi me voy a llevar la ropa que más me gusta, las prendas que me hacen feliz y me quedan perfectas. Las voy a acomodar justitas y prolijas en un ropero que será compartido y empezaré de nuevo, con poco equipaje.