En algún momento, mi mamá me regaló Cuentopos de Gulubú. Tengo impregnado el olor al pegamento que sostenía las páginas, que es el olor de las infancias de antes. El libro no sobrevivió, claro, a los viajes continuos al colegio, a la casa de mis amiguitas o de mis abuelos, al club, a las vacaciones; pero no importa, porque esos cuentos me los acuerdo todos.
El que no me acuerdo es el del long play. Era algo de un castillo en el que había un rey una corte de formas geométricas: cuadrados, círculos, triángulos. No sé bien qué pasaba, pero yo podía imaginármelo perfectamente. Lo veía. Lo respiraba. Estaba ahí.
Vivíamos en una casa con jardín en Ezpeleta. Un poco aislados del mundo, la verdad, porque Ezpeleta está muy lejos de todo; pero a mí no me importaba porque estaba mi mamá y podía jugar y mi casa me parecía muy grande y llena de rincones mágicos. Las cortinas de voile con volados eran un vestido de novia, la hamaca del patio era un tren en el que podía ir a cualquier parte del mundo y los osos de peluche eran mis novios o mis mascotas o monstruos o magos.
Aah, pero los días de lluvia el programa era otro: le pedía a mi mamá que pusiera el disco de María Elena. No el de canciones; el de cuentos. Y me sentaba en el sillón del living, a oscuras, a dejar que la voz de esa señora que se llamaba como yo me llevara a pasear por lugares donde los cuadrados se enojaban y los pasos de los círculos retumbaban en los pasillos de un palacio. Nunca me aburría. Podía escucharlo mil veces, una atrás de la otra, y cada vez la historia era nueva. Eso pasa solo cuando sos chico, ¿no?
Soy grande ya, pero extraño al pasto del conurbano, a los osos magos y a mi mamá cuando no se teñía el pelo y era mi hada madrina y hacía andar el long play de cuentos.
A María Elena no, porque yo soy un poco ella y viaja conmigo.